La Ciudad
Santa María del Puerto del Príncipe es una opulenta ciudad cuya fisonomía representativa se configura entre finales del siglo xviii y principios de la centuria siguiente y se hace dominante al punto de resistirse a los cambios de tiempos posteriores, lo que le brinda peculiaridad a este conjunto colonial, uno de los más extensos de Cuba. La fecha de fundación de esta villa —erigida inicialmente a la vera de la actual bahía de Nuevitas, en la punta de Pastelillo, junto a un «ojo de agua» — ha dado origen a controversias. Los historiadores locales afirman que fue el 2 de febrero de 1514. Pero las fuentes de que disponemos establecen que la erección de esta villa se produjo en los mediados de 1515. Cuando Bartolomé de las Casas sale de Cuba en julio de dicho año desconocía el establecimiento de Puerto Príncipe. En la ausencia del Defensor de los Indios —antes o al unísono con el establecimiento de Santiago de Cuba— se llevó a cabo la fundación de la sexta de las villas primitivas cubanas.
La ubicación próxima al mar fue abandonada en busca de sitios habitados por aborígenes, cercanos a lavaderos de oro. En 1516 fue mudada hacia un asiento interior en el cacicazgo de Caonao, densamente poblado pero de mala memoria por haber sido el lugar de la gran matanza de indios perpetrada por Pánfilo Narváez y sus huestes en 1513. El 3 de enero de 1528 estalló una gran rebelión aborigen en la hacienda Saramaguacán establecida en la proximidad de la villa. Diego de Ovando, responsable de su gobierno, marcha hacia el lugar y encuentra la hacienda destruida y a siete de los encomenderos muertos. El número de indios superaba al de los españoles y Ovando se vio obligado a buscar refugio en los territorios del cacique amigo Camagüebax, vasallo de Vasco Porcallo de Figueroa (1494–1550), conspicuo personaje emparentado con los duques de Feria. En tierras situadas en el centro de la provincia, equidistantes de ambas costas, entre los ríos Tínima y Hatibonico, encontró asiento definitivo la hermosa ciudad que desde el 9 de junio de 1903 reconocemos por el nombre indio de Camagüey.
En sus planicies se multiplicaron los ganados cuyos cueros y carnes saladas fueron el principal objeto del comercio de contrabando que, al igual que en las villas homólogas, fue el sustento económico de la población en los siglos tempranos.
También se exportaban quesos, sebos y maderas preciosas. En 1620 se estableció el camino Real entre La Habana y Santiago de Cuba que cruzaba la población en sentido oeste/este. Puerto Príncipe se transformó —por vía legal o ilegal— en la principal proveedora de La Florida, las Sugar Islands y La Habana. Para el acceso a la última y desde ésta a La Florida utilizaron los caminos por tierra y la vía marítima a través del fondeadero intermedio del Cayo, origen de la villa de Remedios, cuya existencia estuvo directamente vinculada a dicho tráfico, establecido desde tiempos del mencionado Vasco Porcallo de Figueroa quien jugara un papel decisivo en la historia temprana de Puerto Príncipe, Trinidad, Sancti Spíritus y Remedios y en la conquista de La Florida. Tal vez el abastecimiento de las avanzadas españolas en La Florida, iniciado por Porcallo, fue el incentivo que atrajo a Puerto Príncipe a pobladores de su igual condición. En 1605 el gobernador de la Isla Pedro Valdés expresaba que en Puerto Príncipe existían «150 casas. Es lugar de gente rica. Tiene muchos hatos de ganado mayor y algunos hidalgos conocidos en él. Tiene correspondencia con la Florida y este puerto (…)». La Guía de Forasteros del año 1814 afirmaba que: «ninguna otra población de la Isla podrá disputar más antigua nobleza ni la han conservado con tanto lustre». Entre otras familias se destacan los descendientes de: Juan de Agramonte y Sarasa, natural de Navarra, nombrado Contador Mayor de Cuba en 1538; los de Francisco de la Coba y Machicao, procedentes de Gran Canaria, casado con Isabel Consuegra y Muñoz, hija de conquistador y poblador; los del capitán Hernando de Consuegra, natural del Alcázar de Consuegra, padre de la anterior, radicado en Puerto Príncipe y desde allí extendidos a Sancti Spíritus, Trinidad y Bayamo; los del capitán Andrés Duque de Estrada, natural de Salamanca, radicado en Santiago de Cuba como lugarteniente del capitán general, cuyos descendientes pasaron a Bayamo y a Puerto Príncipe; los de Tomás Guerra y Araujo, natural de Burgos, casado con Francisca Pérez Naharro, natural de Trinidad, hija del conquistador y poblador Francisco Pérez Naharro, regidor de Bayamo, de donde sus descendientes pasaron a Puerto Príncipe; los descendientes de Miranda oriundos de Asturias, enlazados con la descendencia inmediata de Vasco Porcallo de Figueroa; los del mencionado capitán Francisco Pérez Naharro, de Castilla, regidor de Trinidad y después de Puerto Príncipe; los de Antón Recio, «el Mozo» —sobrino de Antón Recio «el Viejo», radicado en La Habana y fundador de mayorazgo— natural de Cumbres Mayores, Huelva, del que la línea de Camagüey desciende de su matrimonio con María de Sotolongo González, hija del regidor y gobernador interino de La Habana, Diego de Sotolongo y Roxas; los del capitán Rodrigo Tamayo, de Llerena en Extremadura, quien llegó a Cuba con las huestes de Diego Velázquez, arraigados en Bayamo y extendidos a Puerto Príncipe; los de Diego de Sifontes y Lucena, natural de Sevilla, casado con María de la Torre y Roxas, de quienes descienden los Sifontes y también los De la Torre; los del capitán Julián de Miranda y Argüelles, casado en Bayamo con Juana Manuel de Figueroa, hija de Juan Argote, natural de Cáceres, y de María Porcallo de Figueroa, con quien tuvo por hijos a Esteban de Miranda Argüelles y a Manuel de Figueroa casado con María de Varona y Vázquez Valdés Coronado, uno de cuyos hijos antepuso el Varona para perpetuar el que se extinguía con su madre y es el origen de la familia camagüeyana de este apellido; los del capitán Pedro Vázquez Valdés Coronado y Duque de Estrada, de Salamanca, arraigado en Bayamo y sus descendientes extendidos a Puerto Príncipe; los de Lope de Zayas Bazán, natural de Antequera, casado en la parroquial de Puerto Príncipe en 1592 con María de Roxas Sifontes, dando origen a la extensa familia de los Zayas Bazán.
Hacia mediados del siglo xviii, Puerto del Príncipe sobresalía «en arquitectura y caudales». Según el obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz «no hay Pueblo alguno de la Isla que le exceda, ni aun que le iguale». Era la ciudad más próspera del interior del país. Según el censo del marqués de la Torre publicado en 1778 era la segunda ciudad de Cuba pues contaba con 16 514 habitantes para un total de 3 220 viviendas, mientras que Santiago tenia 15 672 para 2 626, Bayamo 11 222 para 1 960, Sancti Spíritus 6 509 para 1 128, Trinidad 6 486 para 1 422, Remedios 5 488 para 759 y Baracoa 1 820 para 395 viviendas. Para entonces tenía 50 ingenios, 108 hatos, 43 corrales, 13 potreros, 276 sitios y 170 estancias.
Esta enorme capacidad productiva entraría en contradicción con las circunstancias desencadenadas con posterioridad a la toma de La Habana por los ingleses, que aceleró la inserción del Occidente cubano en el desarrollo de la gran plantación azucarera. Desde entonces, como ya hemos insistido en capítulos anteriores, comenzó el predominio incuestionable de la capital sobre el resto de las poblaciones cubanas. También fueron perfilándose los rasgos de la mentalidad divergente de los hacendados azucareros en comparación con la de los ganaderos. Los dueños de hatos y corrales se liberaron más fácilmente de las cadenas que sometieron a los productores azucareros al yugo de la esclavitud y, por consecuencia, al sistema colonial. Los dueños de ingenios de Camagüey, unidades de pequeña dimensión, nunca poseyeron dotaciones de esclavos de la magnitud de las de sus congéneres occidentales y, por lo tanto, los conflictos con la metrópoli no estuvieron subordinados a la contradicción con sus siervos.
Muy tempranamente los camagüeyanos tuvieron noción de sí mismos como gente distinta de los españoles, con derechos sobre el territorio de sus vidas. Fueron los primeros, en 1805, en expresar que Cuba era una unidad integrada por «todos sus habitantes, y este mismo pueblo (…) no debe formar sino una sola familia (…) sin distinción, ni privilegios». Fue también una camagüeyana, Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814–1873), quien puso de manifiesto lo sutil del tejido invisible que nos vincula a unas gentes, a un territorio, a una cultura, a un país:
Nada, en efecto, es tan amargo como la expatriación (…). Así como en las familias hay lazos de unión, entre los que comenzaron la vida bajo un mismo cielo, hay simpatías que en vano se quisieran destruir: hay unos mismos hábitos, y con corta diferencia una misma manera de ver y de sentir. Es fácil hacerse comprender por aquellos de quienes es uno largo tiempo conocido; pero el extranjero necesita explicarse. Faltan la ternura que adivina y la costumbre que enseña.
Otra ilustre camagüeyana, Ana Betancourt Agramonte (1832–1901), llegará hasta el fondo del problema cubano cuando afirmó:
«Aquí todo era esclavo; la cuna, el color y el sexo. Vosotros queréis destruir la esclavitud de la cuna peleando hasta morir. Habéis destruido la esclavitud del color emancipando al siervo. Llegó el momento de libertar a la mujer.»
Ideas de avanzada que contrastan con el estancamiento de la ciudad en los mediados del siglo xix, presos los camagüeyanos de un tradicionalismo regionalista que anquilosó las formas, las costumbres y los valores definidos en la plenitud anterior. Camagüey quedó apresada en el esplendor de los inicios de la decimonovena centuria cuando la sede de la Real Audiencia se traslada de Santo Domingo a la villa y ésta se transforma en la «más moderna» de las ciudades del interior del país, visitada por nacionales y extranjeros. Numerosos testimonios de época aluden a la apariencia arcaica de Puerto Príncipe, a pesar de su considerable desarrollo económico, pues no es pobreza la del Camagüey cuya jurisdicción en 1846 contaba con 109 haciendas, 913 sitios de labor, 81 ingenios y trapiches, 410 potreros, 577 sitios de labor, 156 vegas de tabaco, 217 colmenares para una población total de 37 532 habitantes.10 Es involución por aislamiento geográfico, a pesar de ser, entonces, la tercera ciudad de Cuba.
Tradicionalismo que coexistió en complejo contrapunto con la ilustración de sus hijos más relevantes —educados en La Habana y en el extranjero— que pugnaron por transformar las costumbres, la ciudad y la cultura local. Se alzan figuras notables, de mentalidad difícil de definir, en las que se mezcla el orgullo del pasado y del origen con la aspiración de elevar a su comunidad al nivel de las sociedades más cultas y civilizadas de la época, lo que al final termina en la asunción de un ideario político radical que convertirá a los camagüeyanos en los principales opositores de España. Por mencionar tan sólo dos personalidades entre otras muchas, dicha actitud encuentra cabal representación en Gaspar Betancourt Cisneros (1803–1866), apodado «El Lugareño», promotor del desarrollo económico, científico y cultural de la jurisdicción y se sublima en la de Ignacio Agramonte y Loynaz (1841–1873), «El Bayardo», símbolo de las máximas virtudes cívicas: el amor a la familia y a la tierra que le vio nacer, el sentido del honor, la honestidad, el desinterés, la abnegación y el sacrificio.
Ambos extremos —tradicionalismo y vanguardia de pensamiento y acción—otorgan identidad peculiar a esta espléndida ciudad, que posee uno de los conjuntos urbanos más coherentes del país, conservado con un excepcional estado de integridad ambiental gracias al apego de sus hijos a la patria chica. El centro histórico urbano de Camagüey fue declarado Monumento Nacional el 10 de octubre de 1978 y el 8 de julio del 2008 un sector del mismo ha sido declarado por la UNE SCO Patrimonio de la Humanidad.
Vista en un mapa, la ciudad de Camagüey semeja la cabeza de un gigantesco pulpo, de donde nacen numerosos brazos en todas direcciones: los caminos que la comunicaban con su territorio. A los mismos debe su forma circular determinada por su crecimiento en dirección a los cuatro puntos cardinales.
Santa María del Puerto del Príncipe tiene un trazado irregular, en forma de «plato roto», símil que alude a ese perímetro redondo y a la tortuosidad de sus calles, interrumpidas por numerosas plazoletas. Pero esta configuración urbana fue una consecuencia histórica, no un propósito consciente. Al igual que el resto de sus hermanas, la villa fue trazada inicialmente según un plan regular. En 1616 Puerto Príncipe fue incendiada, lo que provocó el traslado de la parroquial Mayor, entonces situada más al norte, al lugar donde hoy se encuentra. El cabildo —destruido por un huracán en 1682— estaba en esa dirección, en el entorno de la desaparecida iglesia de Paula (plazoleta de Antonio Maceo). Al trasladarse la iglesia y crearse un nuevo centro, atrajo consigo al cabildo que en 1730 fue ubicado en la casa de Eusebia de la Torre, situada en una de las esquinas de la actual plaza de la iglesia Parroquial. En 1668 la ciudad fue virtualmente destruida por el pirata inglés Henry Morgan. Es, entonces, cuando la traza regular, debilitada e imprecisa por falta de desarrollo sostenido, se enrevesa de propósito a modo de defensa frente a los piratas. En el último tercio del siglo xvii la villa toma forma definitiva y, como ha demostrado Lourdes Gómez, su organización responde a la ubicación de sus conventos y templos emplazados en dirección de los cuatro puntos cardinales, a partir del centro representado por la plaza de la iglesia parroquial devenida en la Mayor: al norte, el convento e iglesia de la Merced; al este, el convento e iglesia de San Francisco; al sur, el hospital de San Juan de Dios; y al oeste, el convento y hospital del Carmen, demolido antes de concluirse
No existe mejor prueba del esplendor camagüeyano que el extraordinario conjunto de sus iglesias, «escuelas de arquitectura» trasmisoras, según etapas, de las tradiciones constructivas hispanomudéjares, barrocas, neoclásicas y eclécticas. La más antigua, aunque reiteradamente transformada, es la parroquial Mayor, erigida entre 1616–17 y que mantiene la disposición originaria de costado a la plaza y el ámbito de la nave principal. La de Santa Ana es también edificio antiguo aunque, como todos, transformado posteriormente. Entre las obras de las congregaciones, la más antigua es el hospital e iglesia de San Juan de Dios.